Arturo no tenía muchos recuerdos de su padre. Recordaba que solía ir a pasear con él de vez en cuando, que jugaban juntos cuando podía y que lo veía entrar a su laboratorio todos los días. No más que eso. Su padre falleció cuando él tenía solo 10 años. Fue asesinado, y nunca se supo quién lo hizo. Arturo solía pensar en lo duro que debió ser para su madre soportar el escándalo de aquel acontecimiento. Su padre era un conocido científico, y el no poder descubrir al asesino solo añadió más morbo a la situación, que fue aprovechado por la prensa internacional. Eventualmente las aguas se calmaron, pero el dolor para la madre y el niño Arturo nunca desapareció.

Arturo ahora es un muchacho de 19 años, estudia la carrera de Economía y en sus tiempos libres le gusta leer sobre diversos temas, en su mayoría sobre ciencia. A lo largo de los años, su madre le compró muchos libros sobre historia, física y cultura general, además de novelas de ficción, incluyendo las de H. G. Wells y Julio Verne. Su madre pudo ver que el muchacho tenía una tendencia a ser muy parecido a su padre, quién además de científico, también era un buen hombre, que buscaba el bien de los demás, era honesto, cariñoso y tenía los principios bien clavados en su corazón. A ella le gustaba ver que su hijo se pareciera a su difunto esposo. No había nada de malo en eso. No podía encontrar razón alguna para prohibir al muchacho de sumergirse en temas científicos. Solo le preocupaba una cosa: que tenga el mismo destino que su padre.

Ella era una famosa artista, creadora de maravillosos cuadros. Muchas de sus mejores obras fueron producto de una hermosa velada con su esposo. Incontables noches él le cantaba canciones y le recitaba poesías hechas por él mismo. Siempre fue así. El científico sabía como utilizar bien su tiempo y cuando no estaba haciendo experimentos, se sumergía en distintas artes y los compartía con su amada. Sin embargo, días antes de su muerte, él no actuaba normal, y su esposa pudo darse cuenta. Ella quizo hablar con él sobre qué estaba pasando, pero él siempre la esquivaba, cambiaba de tema, salía de casa o se encerraba en su laboratorio. Cualquier otra mujer sospecharía de una infidelidad, pero a ella jamás se le pasó por la cabeza. Lo que le ocurría a su esposo era mucho más grave. Lo veía nervioso, preocupado y en ocasiones perdido.  Un día ella se fue de compras con el niño Arturo, y cuando regresó, vio a su esposo tirado en la sala de estar con 3 disparos en la cabeza.

¿Un suicidio? ¿Asesinato? ¿El científico loco finalmente perdió la cordura?. Todas estas preguntas se hacía la prensa. El reporte final de los forenses fue que se había suicidado. Imposible. Ella conocía muy bien a su esposo. Él amaba la vida y era fuerte, sabía que los problemas eran temporales y que siempre hay que mantener la calma. Él amaba a su familia, y pensaría mil veces en ellos antes de cometer semejante acto. Además, ella hubiera sabido si su esposo tenía un arma. No solo eso, sino que cuando lo vio tirado en el suelo, pudo ver más de un agujero en su cabeza. Nadie se puede suicidar con 3 disparos en la cabeza. Ella hizo todo lo posible por continuar con las investigaciones pero fue imposible. Parecía que el mundo estaba en contra de ella. Los medios de comunicación le dieron espacio pero luego dejaron de hacerlo, además, ella ya estaba cansada y veía que no lograba nada. Después de mucho tiempo sufriendo, decidió jamás olvidar a su esposo, pero aún así, tenía que continuar con su vida. Arturito lo necesitaba.

Una tarde, mientras el joven científico revisaba la oficina de su padre, como solía hacerlo, descubrió el mayor invento de la humanidad jamás revelado. El no lo podía creer. Había entrado tantas veces a ese lugar para leer alguno de los tantos maravillosos libros y nunca se había topado con el mayor secreto de su padre. ¿Sabía su madre de eso?, se preguntó. Lo más probable es que no. Pero de algo estaba seguro, su padre quería que su secreto sea descubierto.

Uno de las pocas cosas que Arturo recordaba de su padre, era su afición por las historietas de Tintín. A él no le llamaba la atención aquel cómic hasta hace un año, cuando rebuscando en la oficina de su padre, encontró toda la colección y empezó a leer uno por uno. Aquella tarde, Arturo entró a la oficina a sacar el libro número 23 de Tintín, y entre sus páginas, encontró una hoja que decía lo siguiente:

“Hijo mío, me alegra que te guste Tintín tanto como a mí. No sé cuándo leas este escrito, pero espero que te agarre en un momento de madurez. Desearía mucho que tuvieras 20 años para entonces, ya que es la edad indicada. Si has llegado hasta el libro número 23 de Tintín hasta esa edad, entonces me has superado, y yo no podría estar mas contento.

Me están persiguiendo, hijo, mi amigo me ha traicionado. La persona con la que he trabajado en tantos de mis inventos me ha jugado sucio. He creado una máquina que te puede teletransportar a cualquier otra parte del mundo. He inventado algo de lo que al parecer la humanidad no está lista todavía. Este invento puede hacer desaparecer la industria de la aerolínea. Muchos trabajos se perderían, y muchas empresas perderían millones. Le dije a mi amigo que todavía no se lo iba a mostrar al mundo, pero luego descubrí que su hermano es uno de los dueños de una aerolínea poderosa. Al parecer, ha contactado con una organización secreta cuyos hombres me han estado persiguiendo durante días. En cualquier momento pueden llegar.

Hijo, si lees esto, es porque estoy muerto. Esos hombres me han asesinado, y han destruido la máquina que estaba en mi laboratorio.

Te escribo esto para que sepas la verdad, y también, para que sepas que mi invento teletransporta a cualquier parte del mundo donde está la otra máquina receptora. Esa otra máquina, estoy seguro, aún no la han encontrado. Seguro mi amigo la estará buscando, pero todas las pistas que el tiene, son falsas. Aquí te dejo las verdaderas coordenadas, y también adjunto todos los pasos y detalles de la elaboración de mi invento.

Tú decides qué hacer con esa máquina, hijo, estoy seguro que tomarás la decisión correcta.”

En el laboratorio

*Obra de Anthony Eduardo Saboya Ordóñez


“¿El invento de Edgardo Vargas? ¿Estás seguro que ese es el título que le quieres poner?”preguntó Jesús.

—¿Qué tiene de malo? La profesora nos dijo que escribiéramos un cuento de cualquier género, y a mí me gusta mucho la ciencia ficción y las novelas policíacas. Incluso a tí te gusta Sherlock Holmes.—respondió Arturo.

Tienes razón, lo que pasa es que no estás escribiendo una historia de ficción, al menos no del todo. Ese es el nombre de tu padre.


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