“Si tuvieras la oportunidad de tener sexo con la profesora… ¿lo harías?” preguntó Carlos a Enrique, a lo que respondió “Depende, depende del momento”.

“¿Cómo que depende?”

“Depende de si ella quiere y si yo quiero. Hay muchos factores, nunca sabes qué puede pasar”

“jaja, y ¿cómo sabes qué puede pasar si nunca has tenido esas experiencias? Todos sabemos que aún eres virgen”

“Casto”, corrigió Enrique

“Es lo mismo”.

Mientras los dos amigos hablaban, llegaron los demás.  Solo les bastó observar unos segundos la conversación para entender el contexto.

“¿Por qué no llevamos a Enrique al prostíbulo?” intervino Alberto. Los demás contenían la risa.

“jaja imposible, siento un poco de lástima por esas mujeres, es una vida que ninguna mujer desearía tener. Muchas no tenían elección al ingresar a ese mundo, y luego no pudieron salir, creyendo que las opciones se acabaron”, respondió Enrique.

“En parte tienes razón, pero no creo que te resistirías a una puta A1”, insistía Alberto

“¿A1?, ¿a qué te refieres?” preguntó Enrique

“Me refiero a las mejores, y a las que cobran más caro, por ejemplo, Ariadna Lorenzo o Priscila Pizarro” indicó Alberto.

“Deja de hablar tonterías. Esos son solo rumores, la gente habla cualquier mentira.” respondió Enrique mientras todos echaron a reír.

“Mira Enrique, aún estás inocente, aún no sabes como es el mundo” interrumpió Carlos

“Eso es lo que tú crees.” apuntó Enrique.

La conversación terminó cuando la profesora ingresó al aula. Enrique observaba a sus amigos, ellos la miraban como un objeto. Ella era muy hermosa, es cierto, pero no le parecía correcto la forma descarada en la que muchos hombres admiraban la belleza femenina. Tenía una madre y una hermana, y faltar el respeto a una mujer sería como hacerlo con ellas. Era consciente de la sociedad en la que vivía, donde la mujer es objeto de marketing, con fotos de mujeres en diminutas ropas promocionando productos, ¿pero quién tenía la culpa? ¿la mujer por dejarse fotografiar, el fotógrafo, o alguien más?. A diario veía a sus amigos comentar las nuevas fotos que las chicas publicaban en Instagram o Facebook, posando y mostrando sus atributos, y siempre se preguntaba si era él el que estaba mal, si las mujeres estaban contentas siendo apreciadas morbosamente y si él era el único que las miraba románticamente.

¿Acaso era él el único tipo bueno en el mundo? Claro que no, sabía que debían haber muchos como él, tipos que respetaban a la mujer, que no hablaban mal de ellas, que esperaban lo mejor de ellas, que las cuidaban, las protegían y amaban. Al pensar de esta forma, no podía evitar pensar que podía caer en la ridiculez, que poner en un pedestal a la mujer era un error y que ellas mismas, al escuchar sus pensamientos, creerían que es un tonto. Quizás por eso era que no tenía novia, quizás, como decían sus amigos, era demasiado inocente para este mundo. Quizás las cosas funcionaban así, y ni él ni nadie podía hacer algo para cambiarlo. Tal vez algunas mujeres desean ser vistas como objetos, y aquellas que luchan por el feminismo, son las mismas que están con un novio idiota que las hace sufrir, pero por algún motivo no pueden dejarlo, luego se casan y crían un hijo con un gran potencial de ser un idiota al igual que el padre. Entonces él pensaba que solo tenía dos opciones, o ser un tonto romántico y quedar casto toda su vida, o ser un idiota y tener varias mujeres.

¿Habrá alguna buena chica para él? Se preguntaba Enrique con frecuencia. El sabía que existían buenas chicas, pero al no haber muchos Enriques, se conformaban con puros idiotas. Quizás ellas no tenían opción. Pensaba en Ariadna Lorenzo, una chica hermosa, de quién la gente solía hablar tonterías. A veces él veía que distintos tipos la recogían de la universidad, él solo observaba. Se preguntaba si ella alguna vez había conocido un tipo bueno. Él esperaba que sí. Se imaginaba la gran felicidad que ella sentiría al finalmente toparse con un buen hombre luego de hacerlo con tantos tipos malos. Éste último pensamiento lo tranquilizaba. Él seguiría siendo un buen tipo, no importa qué. Se sentía bien siendo él, y sin duda, cualquier chica lo amaría. Quizás él era el verdadero premio.

Enrique a veces se preguntaba por qué él terminó siendo así. Su padre le fue infiel a su madre, y su madre no hacía nada cuando veía a su hija llorar por idioteces de su novio. Nunca nadie le dijo para que él sea un tipo bueno, pero sus pasatiempos, sus aficiones a varias artes y ciencias como la lectura, las películas, la música; quizás todo esto contribuyó a la correcta formación de su personalidad. Pero ésto no le parecía suficiente, creía que podía haber sido tocado mágicamente. Su capacidad de resistir ante las tendencias no era normal. Enrique pedía al universo que le ponga a prueba, porque ya estaba cansado de tanta teoría, quería poner a prueba todo lo aprendido. Quería saber de una vez por todas si él era quien creía ser. Quería una novia para demostrar realmente cómo se comporta un hombre, para no tocarla hasta antes del matrimonio, por ejemplo, o llevarse bien con sus padres, respetarla, serle fiel, y quizás, dar el ejemplo a los demás. Él no solo quería, sino que debía ser el ejemplo, para que incluso las mujeres acostumbradas a malos estilos de vida, se den cuenta de que existen chicos buenos, chicos que pagarían no por una noche de placer, sino por tener alguien a quien recitar un poema.

Eran las 11 de la noche y Enrique se alistaba para ir por primera vez a una discoteca. Por primera vez a sus 19 años. Allí estaban sus amigos, un poco idiotas con las mujeres, pero muy en el fondo, buenos tipos.

“¿Puedes llevarme a mi casa Enrique? Estoy un poco mareado” pidió Carlos. Eran las 2 am.

“Claro amigo”

Mientras Enrique conducía el auto pensaba en la fiesta, chicas hermosas, alcohol, música de mierda, pero igual se divirtió un poco.

“¿Están tus padres en casa?” preguntó Enrique

“No, están de viaje”

“Bueno, ¿puedes caminar o te llevo a tu cuarto?”

“Sería mejor que me lleves”

Mientras Enrique lo acompañaba, pudo notar que Carlos no lo estaba dirigiendo a su cuarto, él ya había estado en su casa antes y conocía las habitaciones. Al abrir la puerta vio a Ariadna Lorenzo sentada en la cama.

“¡Que te diviertas!” dijo Carlos, antes de alejarse a su cuarto.