Emilio tenía poco tiempo. Tenía un examen importante en unos minutos y su celular aún no terminaba de cargarse. No le importó, prefería estar unas horas con el móvil apagado a reprobar el curso de Economía Internacional. Él, a diferencia de muchos jóvenes de su generación, no era muy apegado a las redes sociales ni a los juegos adictivos, no pasaba tiempo juntando gemas para su aldea ni actualizando sus “stories”. Emilio sabía de la importancia de la tecnología para el futuro de la humanidad, por lo que siempre trataba de mantener un equilibrio: un día programaba un script en Python y el siguiente día se acostaba en una tumbona a mirar las estrellas.

Luego del examen, Emilio todavía tenía una clase mas. Tenía que soportar al profesor más aburrido de todos, a quien no le importaba que sus alumnos estén mirando sus pequeñas pantallitas mientras explicaba su clase. Entre estos alumnos, estaba Juan, mejor amigo de Emilio, quién era un completo adicto al móvil, en cuya pantalla se podían ver unas marcas relucientes que parecían tener su origen debajo del vidrio. Emilio notó eso y al término de la clase se lo dijo a Juan, quién señaló a la caída que sufrió su smartphone la noche anterior como la causante del problema.

Ya en el camino a casa, mientras caminaban, Juan leía en voz alta las noticias del día. La más relevante era el nuevo ataque terrorista en un aeropuerto de Berlín, una explosión aparentemente activada a través de un dispositivo inalámbrico, con el perpetrador muy lejos de la escena, por lo que aún no habían indicios contundentes de un sospechoso. Era la octava explosión en menos de un més, en distintas partes del mundo, y ningún detenido.

Juan entró a su casa, con la batería al 10%. Emilio tuvo que continuar el camino solo. Todo estaba tranquilo hasta que notó que alguien lo estaba siguiendo. Había visto esta situación en muchas películas, por lo que comenzó a correr, se metía en calles angostas, y cruzaba el tráfico sin importarle ser atropellado. Al mirar atrás, vio que ya no era una sola persona, eran varios. En su mente no pasaba ser capturado, se sentía como Jason Bourne.

Emilio tenía un escondite en la ciudad, por lo que se dirigía allí. Le faltaban pocas cuadras cuando un auto se detuvo en frente de él. Atrás estaban los hombres que lo seguían. Ya no tenía escapatoria.

En la mente del muchacho pasaban muchas cosas. ¿Le iban a sacar sus órganos o vender para ser esclavo? ¿o éstos tipos en realidad eran aliens y lo querían abducir? ¿Vería a sus padres y amigos de nuevo? ¿por qué nunca habló a la chica que le gusta? ¿por qué él tenía que pasar estas desgracias?. Mientras se hacía estas preguntas, pudo escuchar a uno de los hombres decir por teléfono “Tenemos al chico”.

Los hombres lo llevaron a un edificio cercano, lo introducieron en una oficina y le dijeron que esperara unos minutos. Luego de la breve espera, un tipo entró y le dijo:

“Vas a salvar al mundo muchacho, solo tienes que darnos tu celular y nosotros nos encargamos de todo”

Emilio no entendía nada, ¿qué tenía su celular de especial?. El hombre al ver su cara de sorpresa continuó:

“Las explosiones terroristas ocurridas en el último mes estaban auto-programadas en un teléfono móvil. Las excesiva carga de la batería activaba las explosiones. Nos tomó varios días rastrear desde dónde se emitía la señal inalámbrica y hemos llegado hasta ti. Nuestros especialistas indican que si cargabas una vez más tu celular, ocurrirían 5 explosiones en simultáneo. Sabemos que no era tu culpa, muchacho, pero pudiste haber controlado el uso de tu celular.”

Emilio quedó impactado por las palabras del sujeto, se disculpó y entregó su celular de inmediato.

De pronto, un hombre agitado entró a la habitación, diciendo que las señales se están activando otra vez. El muchacho y el hombre no entendían nada, a lo que el último dijo:

“¿Pero qué está pasando? El celular de Juan no se está cargando, lo tengo justo en mis manos”