Teníamos un profesor que enseñaba la materia de “Matemática Financiera” . No era un profesor cualquiera, era conocido por cobrar a los alumnos para que aprueben. Llevaba años enseñando en la universidad, ya varias promociones habían pasado por esa materia y habían realizado las malas prácticas. Decían, incluso, que era muy amigo del rector y que de nada servía acusarlo porque al final su amistad lo salvaría.

La última línea del párrafo anterior lo escuché varias veces. Yo intentaba convencer a mis compañeros para que no paguen, les decía que era mejor desaprobar y de esa manera sin nada que perder ir a acusarlo a la decanatura. Era casi imposible que ignoren las afirmaciones de tantos estudiantes, pero había otra cosa igual de imposible, que mis compañeros acepten mi iniciativa.

Un semestre anterior, llevabamos Matemática II con otro profesor igual de corrupto pero más descarado. El hecho es que, mis compañeros ya conocían la jugada, estaban dispuestos a pagar a cualquier profesor que les presente la propuesta. Era el camino más fácil para ellos.

Nunca me sentí decepcionado de mis compañeros, los entendía, quizás muchos tengan valores y principios, pero muy pocos son los valientes que los respetan.

Sentía tristeza, porque éstas cosas pasan en todo el mundo. Comienzan en los centros educativos y terminan en el gobierno de un país. Luego ocurren todos los problemas que luego aparecen en los noticieros, tales como el caso Fifa, Odebrecht, etc, dónde a los implicados se les acusa de corrupción, o más específicamente, soborno, una práctica que seguro muchos empezaron en la universidad o en algún otro centro educativo.

Cuando la corrupción actúa en el gobierno de un país, el más perjudicado termina siendo la población, pero también pierden los mismos corruptos, pierden la dignidad y el honor que no podrán valorar en su lecho de muerte.